Columni

Nombre: Rampante

4.27.2006

Ya era primavera. Y a José Antonio Rodríguez le agarró la mala baba (se puede cambiar "baba" por leche, uva, sangre...) y la organizó con una lista. El resultado: irónico, feroz, por momentos insultante y, sobre todo, eficaz.

Puedes hacerlo para cambiar el mundo
21 de marzo

Primero: fuma porros. Esto es fundamental. Es una forma activa de protestar contra el sistema, ¡claro que sí! Siéntate toda la tarde y fuma, chaval. Que no te importe estar contribuyendo de forma activa a la explotación, los cultivos ilegales, las mafias y el enriquecimiento de unos pocos. Si estás más implicado, puedes hacer campaña a favor de la legalización del cannabis. Claro, tú tienes buenas intenciones, estás en contra de todas las cosas malas que implica su ilegalidad: entorpecer su uso terapéutico, las adulteraciones? ¡buen chico! Pero mientras, sigue fumando tu costo recién salido del recto de un moro, claro está.
Segundo: viste raro. No hace falta que te favorezca; basta con que sea raro. Puedes emplear el mismo esfuerzo que una pija en componer tu ropa de hippie, pero sin duda lo tuyo estará mucho mejor visto por los de tu clan. Además, no es necesario que la ropa que llevas sea escogida en función de, digamos, sus materias no-animales, su fabricación artesana o su comercio justo... qué va; basta con que encaje con tu estilo. Tienes permiso para la incoherencia: llevar banderas de Jamaica sin tener ni puta idea de ese país, de los rastafari o de su ideología o usar camisetas del Ché sabiendo sólo que se apellidaba Guevara y que era... ¿cubano?
Tercero: haz malabares. Emplea horas de tu tiempo en dominar un objeto (cariocas, bolas, mazas, palos chinos?) de la mejor forma posible. Luego emplea más horas en mostrar a los demás tu habilidad. Aprovecha tu divina juventud y fórmate: ¡aprende malabares! También existe la opción híbrida, que consiste en fumarse un porro mientras se hacen las cucamonas. Los rumores cuentan que hay una opción híbrida compleja, que consiste en liárselo mientras se malabarea. Aviso: esta opción sólo es recomendable para virtuosos en ambos campos.
Cuarto: toca los timbales, la llamada de guerra de la revolución moderna. Tu sonido dotará al ambiente de ese aire chachi-étnico que hará que tú y los de tu grupo sintáis la diferencia. Si no sabes tocar los timbales, no pasa nada; cuando escuches a alguien que lo hace, di ¡qué guapo!, menea un poco las caderas y haz tu contribución al universo hippie-guay.
Quinto: hazte rastas, piercings, tatuajes. Sí señor; tú has aprendido que en este mundo lo importante es el exterior, y los grandes cambios, los de fuera. Ofrece una alternativa: en lugar de tatuarte el conejito de playboy, tatúate un tribal que signifique algo profundo.
Sexto (aplicable a diversos ámbitos de tu vida): haz lo mismo, pero diferente. Es decir: en ver de comprar en X, compra en Y; en vez de consumir pendientes de plata, consúmelos de madera; en vez de ir a tal bar, ve a tal otro; en vez de alisarte el pelo, hazte rastas? Y tú que creías, como Miguelito el de Mafalda, haber salido del montón de los que ven la televisión? y ahora estás en el montón de los que no la ven. Putada, ¿eh?
Séptimo: sobre todo, vuelve al redil. Procura que todos tus hábitos de vida sean reversibles, ya sabes: esos que cambiarás cuando trabajes, te asientes y te conviertas en adulto. Ahora eres joven: haz el loco. Y luego, cuando tengas coche(s), casa(s), barco y Digital Plus, no te olvides de contarles a tus hijos lo alternativo que eras tú a su edad.


La televisión es una fuente de inspiración para los columnistas. Y no está nada mal aprovecharse de la audiencia televisiva para animarles a leer la columna propia. Belén Muñoz-Casayús, la autora de la columna, es muy lista, y práctica.

House, brutalmente honesto
14 de marzo

Un hospital de lujo en una ciudad americana, pacientes con las enfermedades más raras y complicadas que existen, y un equipo de médicos dirigido por el doctor más excéntrico e intolerante de Estados Unidos. Estos son los ingredientes que han conseguido el éxito en las noches de los martes en 4, la cadena de Prisa.
House es una serie que rompe con todos los moldes de anteriores series sobre hospitales, donde la trama se basaba en los líos entre todos los médicos, medicas, pacientes y demás personajes que aparecían por el hospital. Aquí por el contrario, han tratado de hacer la medicina comprensible para ignorantes en la materia como yo, no demasiado explícita para aquellos que se marean con la sangre y lo suficientemente divertida para que la gente no se preocupe de dramas existenciales antes de irse a la cama. No vaya a ser que no duerman bien y no sueñen con los angelitos.
El doctor House es una especie de genio al que de repente jugando con una pelota en su despacho se le puede ocurrir la cura para una enfermedad mortal que varios médicos han estudiando durante años. Como todos los genios, tiene un carácter difícil, trata mal a los pacientes y a sus compañeros, odia las demostraciones de afecto y, en general, el contacto con las personas.
Dicho así parece un médico amargado y descontento con la vida y con su trabajo. Sin embargo, no es así. Le encanta lo que hace y nunca deja de investigar una enfermedad hasta que ha descubierto su cura. Muchos de sus compañeros le critican porque consideran que con su método usa a sus pacientes para la investigación. Cuando realmente lo que hace es tratar de descubrir el problema y la solución y no cruzarse de brazos si el primer tratamiento no funciona. Si algún día tengo una enfermedad desconocida o que nadie me sabe tratar-toco madera- me pondría en manos de House sin dudarlo un instante. O si no encontrara a un doctor House real, iría a ver a los guionistas de la serie que seguro que tendrían mil ideas para curar esa enfermedad.
Dentro de la programación reciclada de 4, que ha apostado por la reposición de series exitosas en otros tiempos, la frescura de House ha cautivado al público. Es la mejor serie de entretenimiento que tiene en este momento y todos los martes por la noche dobla el share de la cadena. Es una diamante en bruto que la 4 está sabiendo aprovechar.

4.07.2006


Daniel Burgui tiene nombre de travieso y connotaciones trucheras, y más cosas. Quienes visiten su página encontrarán un mundo de navarrismo militante. Pero no es navarro todo lo que reluce. Aquí, por ejemplo, excede la foralidad en un viaje por números y aprendizajes que culmina con un destino incierto.

El tanque de la imagen es el primer "54" que encontré en google.


Numerismo
6 de marzo de 2006

Mi madre siempre me dice que soy malo para los números, que siempre lo he sido y siempre lo seré. Razón no le falta, pero me resisto a creer que es una especie de estigma vitalicio. También me resisto a creer que es cierta la dogmática excusa que esgrimen muchos para evadir desengrasar su hemisferio cerebral más desamparado: “Es que yo soy de letras y a mí los números…” o su idéntica versión “de ciencias”. Puede que me cueste más aprender y estudiar física de vectores que literatura, pero lo puedo hacer. Pero no comprendo el afán de mucha gente por asegurar que la complejidad del mundo puede ser reducida siempre a una ecuación o a un número. No digo que la manzana que le cae a Newton desde el árbol no pueda reducirse a la ecuación de la ley de la gravedad, pero si es un gamberro el que tira la manzana desde un árbol vecino, eso no es una ecuación, eso es mala leche.
Toda esta galaxia de clichés del imaginario popular han creado dos tipos de monstruitos sociales: por un lado, aquellos para los que un número es un número, y se jactan además de tener una especial destreza para dominar y someter a su dominio las cifras e incluso recordar mejor un teléfono nuevo que la cara de su nuevo compañero de trabajo; y, por otro lado, los alérgicos a los números que aman expresarse en términos relativos. Estos se jactan de poder recordar mejor la cara del primo-hermano de su nuevo vecino que el código ‘pin’ del móvil.
Últimamente empiezo a desmarcarme más de estos dos bandos enfrentados. Hoy estaba repasando unos apuntes del mundo empresarial. Revisaba un ejemplo de una empresa, que para evitar perder sus clientes e ir al fracaso, debía reducir al máximo sus costes y aceptar sumisa los dictámenes de sus multinacionales clientes e intermediarios. El problema surge cuando la mayoría de esos costes los genera la mano de obra. Un reguero de cifras, porcentajes, datos y tablas; un mareo y baile de números. Me he acordado entonces de otros números, he imaginado que al otro lado de esas ambiguas cifras y porcentajes había una imaginaria empresa, con sus trabajadores, con sus familias, con sus sórdidas naves industriales, incluso con su garita del guardia de seguridad. Para los amantes de los números estas cifras son sólo un ejercicio teórico, y aunque fuesen reales es un numerito no una persona.
No voy a entrar a discutir sobre la economía de mercado, no voy a ser yo quien solucione o alabe las virtudes o vilezas de la divina globalización, tampoco seré yo quien analice y repare la actual deslocalización de las empresas, o estudie al detalle la economía navarra. Pero para los enamoradizos de las cifras, para aquellos a los que se les infecta la boca al hacer operaciones de más de dos dígitos y para aquellos magníficos estudiantes y experimentadores de empresas propondré un par de ejercicios reales de tarea. Este fin de semana leía como volvemos a andar a vueltas con el encargo que tendrá la planta de Volkswagen de Landaben de la que dependen directamente 5.000 familias navarras y otras tantas dependen indirectamente. También reaparecían en los periódicos los conflictos de la vecina TRW, que tiene un futuro incierto. Miles de navarros dependen de estas dos empresas. El adorador de las cantidades disfruta cuando se publican estas grandes cifras, se estimula y disfruta viendo tantos ceros. Es un drama, pero un drama con grandes ceros, que lo hace más atractivo a los ojos de la prensa y los ciudadanos. Ese mismo fin de semana un gran amigo mío me confesaba que su padre había pasado más de dos meses en el paro, a sus 53 años. ¿El motivo? El taller en el que había trabajado durante más de 30 años había colapsado, para más repateamiento de hígado, el dueño del taller había organizado una regulación de empleo a espaldas de los trabajadores, se ha quedado todo el dinero y les ha dejado sin un chavo de euro en la calle. La media de edad del taller superaba los 45 años. Pero estos dramas no aparecen en la prensa, porque sólo era un taller de 15 personas. Tanto para el amante del número, como para el empresario tan “sólo eran 15”. ¿Y para el reticente a los números? Simplemente esas quince caras y familias son desconocidas.
Parece que el drama individual de cada uno de esos quince trabajadores es menos drama que el de cada uno de los 5.000. Para tocarme un poco más los números, hace una escasa semana mi padre fue a una asamblea de su empresa, una pequeña cooperativa dedicada al sector automoción. Hubo sorpresas: hay pérdidas, el porvenir no está asegurado y el único futuro posible es irse a Europa del Este para tener mano de obra más barata y un producto más asequible para los clientes. ¿Y los trabajadores de Pamplona qué harán? No había una respuesta muy clara. De momento, la regulación de empleo está asegurada. Quizás mi padre, con 54 años, corra el mismo destino que el de mi amigo. Pero mientras él sea un número no hay problema.

4.04.2006


Sara Lecumberri Echalecu estrena este blog; parece un honor, pero también es terrible porque su columna será la primera en caer dentro de la carpeta electrónica de los archivos. ¡Y tenemos que agradecer tanto a Sara...! Por ejemplo: su sentido del humor, que no nos maree con historias de ombligo (yo-me-mi-conmigo) y que abra la puerta al gusto de las cosas inútiles.
Y ahora me retiro con mis zapatos que dejan huellas de gato XXXL.
Sandías cuadradas y peines para calvos
Algunas películas de ciencia-ficción auguraban un siglo XXI repleto de autopistas aéreas para naves espaciales y pequeños chalets de formas imposibles sobre el suelo de Marte. Lamentablemente para algunos, hoy en día no convivimos con robots humanoides ni viajamos a la velocidad de la luz, aunque todo parecía posible después de la batidora. Los viajes espaciales, el coche, la televisión, los ordenadores, la aspirina... Con tantos inventos revolucionarios, ¿quién no iba a pensar en un futuro en la Luna?
Pues bien, quienes sí parecen haber traspasado los límites de la estratosfera son algunos cerebros privilegiados, gracias a los cuales, hoy en día podemos disfrutar de artilugios tan “imprescindibles” como la sandía cuadrada o el peine para calvos. Inventos que nunca llegarán a salvar vidas y cuya utilidad es más bien nula (aunque causan furor en la red), como por ejemplo, la pinza anti-lluvia para tender la ropa. Este aparato lo ha creado un estudiante del Reino Unido y consta de una serie de sensores que son capaces de predecir si se avecina lluvia o no. En el caso de que las posibilidades de un chubasco sean altas, la pinza se bloquea automáticamente, impidiendo su uso. Algo del todo absurdo, porque, una vez bloqueada, es inútil tratar de retirar la ropa tendida para evitar que se empape. Lo dicho, una idea brillante.
Los estadounidenses, cómo no, han decidido ocupar un lugar en tan prestigiosa tarea, impulsando una idea que revolucionará las tácticas de espionaje más avanzadas. Se trata nada más y nada menos que de los zapatos que dejan huellas de gato (ideal para despistar a atracadores, policías, admiradores pesados o cualquier tipo de persona que se las ingenie para seguirle a uno). Si usted está agotado de que le persigan a todas horas, ya puede respirar con tranquilidad: nunca más volverá a sentirse acosado.
Pero los japoneses se llevan la palma en inventos absurdos. Nada de robots capaces de subir escaleras o de bailar a ritmo de samba, el interés se centra en los palillos anti-quemaduras. El invento es simple: basta con colocar un pequeño ventilador colgante en los palillos y los espaguetis se enfriarán antes de llegar a su boca (de una utilidad indudable, porque ahorran el costoso esfuerzo de soplar ligeramente, esperar unos pocos minutos o calentarlos durante menos tiempo en el microondas).
Si a estas alturas ya le han entrado ganas de llorar, no se preocupe. Por el módico precio de 85 euros puede hacerse con la almohada especial para deprimidos, la cual, bolsillo con pañuelos inclusive, hará que sus largas noches de llantos sean la mar de divertidas. No es broma, está patentada por una firma europea que aspira llegar alto en el mundo de los antidepresivos y menaje del hogar.
¿Ingeniería genética? No, ahora lo que se lleva es inventar cosas del todo inútiles e inservibles. No hace falta ser un experto en telecomunicaciones para patentar su propio artilugio. Al fin y al cabo, ya no soñamos con chalets en Marte.